Una muerte con interrogantes

Toda nuestra vida discurre sembrada de interrogantes. Ellos nos alertan, nos dirigen, nos empujan, nos hacen cambiar de opinión y, con los años, siempre, siempre, nos conducen a uno trascendental: ¿Cómo será mi muerte?

Es seguro que el maestro Ataúlfo Argenta Maza nunca se imaginó cómo sería su muerte. Por mucho que pensara jamás podría suponer un final tan absurdo.

En el año 1.958 Ataúlfo tenía cuatro hijas y un hijo, Fernando Argenta, que llegaría a ser famoso periodista y músico. Durante tres décadas dirigió el programa Clásicos Populares en radio nacional de España. En TVE presentó El conciertazo, música clásica para niños, y obtuvo un notable éxito.

En este fatídico año Ataúlfo estaba ascendiendo a la cumbre de su carrera; tenía 44 años. En enero, él ya era un renombrado pianista y director de la orquesta Nacional de España. En la liga de directores se codeaba con Herbert von Karajan.

Su personalidad, su carisma, su empatía y su sencillez lo convertían en un personaje querido por todos. Solía dar conciertos para humildes pescadores en su pueblo natal: Castro Urdiales, Cantabria. En su biografía, la escritora Ana Arambarri, dice de él: “Era un superdotado, rebosante de atractivo a la manera de las estrellas de Hollywood”.

El año había comenzado con la ilusión de su próximo nombramiento como Director titular de la “Orquesta de Suisse Romande” en Suiza. El 17 y 19 de enero dirigió El Mesías de Haendel con la Orquesta Nacional de España y el Orfeón Donostiarra. Un rotundo éxito que ya no se repetiría.

El día 20 de enero, antes de despuntar el alba, se dirigió al aeropuerto de Barajas con su mujer, Juanita, y su hija mayor, que tomarían el vuelo hacia Suiza para que la hija fuera intervenida de la columna vertebral por especialistas. La mañana continuó con los ensayos de la orquesta. A primera hora de la tarde recibió a un periodista que lo entrevistó durante unas horas.

Ya era noche cerrada cuando subido a su Austin A-90 llegó a su casa de Los Molinos en la sierra de Madrid. El intenso frío impregnaba las paredes por lo que encendió la chimenea, pero aún así seguía helado. Para calentarse fue al garaje, se subió al coche y puso el motor en marcha...

Durante muchos años se han sucedido las especulaciones acerca de si estaba solo. Pero Arrambari publicó una biografía bien documentada y esclarecedora... No estaba solo. Una alumna francesa, Silvie Mercier, de 23 años lo acompañaba. Ambos estaban en el interior del coche. Ella sobrevivió, pero quedó traumatizada y abandonó la música. Ataúlfo se estaba recuperando de una tuberculosis y sus pulmones seguían dañados. La muerte por monóxido de carbono fue muy dulce.

El 21 de enero, miles de personas lo despidieron en la Iglesia de Los Jerónimos mientras sonaba la Coral no4 de la Cantata de Juan Sebastian Bach interpretado por La Orquesta Nacional de España.

Sus restos descansan en el cementerio de La Almudena.

Los interrogantes pueden continuar:

¿Cómo es posible que un hombre, culto e inteligente, cometiera una torpeza de ese calibre?
¿La idea del suicidio puede tener cabida en una persona tan vital?
¿Las prisas nos pueden llevar a una muerte absurda?


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