Así era mi Navidad

Carmelo Díaz-Ropero Reíllo.- Siguiendo con estos artículos, en los cuales reflejo algunos recuerdos, toca por el tiempo que se acerca, remontarme a la Navidad de mi infancia. Hay algunos puntos que seguramente no coincidan con otras personas, porque todos guardamos en nuestro interior recuerdos muy puntuales que son exclusivos en el transcurso de nuestra vida particular. Voy a empezar por uno de ellos.

El día del reparto

 Llegadas estas fechas, en mi casa esperábamos el día del reparto. Mi padre que era comerciante de una tienda de comestibles de barrio, siempre vestido con su guardapolvos  azul, que yo creo se lo quitaba solamente para acostarse e ir a misa segunda cada domingo. Durante todos los días del año no se desprendía de este atuendo aunque tuviera que hacer gestiones de bancos  u otras de otro tipo que requerían cierto protocolo. Pues bien, el día del reparto era una fecha previa a la Nochebuena en que mi padre aparecía en mi casa como antes he dicho vestido de azul con su indumentaria habitual, cual si de un Papá Noel se tratase cambiando los colores que la Coca Cola nos ha impuesto con el rojo. Llevaba un saco con unas bolsas que contenían los dulces de la Navidad, en cada una de ellas había una porción de figuras de mazapán, pasteles gloria, trozos de turrón duro y blando y algún bombón. Correspondía cada bolsa para un miembro de la familia y todos en ese momento la  recibíamos como el premio de Navidad. Seguidamente  nos buscábamos un lugar donde esconder nuestro tesoro y que no supiéramos el escondite que cada uno a buen recaudo poníamos cual si fuera nuestro mejor tesoro; inútil, mi hermano siempre encontraba mi escondite. Todo esto lo refiero porque en mi casa después de las cenas y comidas de esos días, no se ponía sobre la mesa  la clásica bandeja de los dulces, sino que cada uno iba al escondite para coger de la bolsa y comer lo que le apetecía. Era como un ritual.

Poner el belén

Otro será para mí el recuerdo de la instalación del nacimiento en mi casa. Cada anochecido por estas fechas mi padre las dedicaba a “poner el belén”. Quitándose las horas de descanso que siempre discurrían  frente aquel mamotreto de televisor en blanco y negro y con las dos cadenas  nacionales de aquellos tiempos. Pues bien, él se bajaba a una habitación de aquel caserón de la calle Cambronera para primero destrastarla y en jornadas sucesivas ir  colocando la plataforma e ir  creando los distintos ambientes que componían  su particular belén. Era una costumbre todos los años  acercarnos a ver la procesión de la Purísima, que por los años de mi niñez se realizaba.  Siempre nos colocábamos en la acera del Pósito donde, antes de ser un  edificio municipal, estaba ubicada en un lateral la tienda de electrodomésticos de Ramírez y por estos días en su escaparate lo llenaban de figuritas de barro. Allí hacíamos el recuento de las figuras que íbamos a comprar y cada año repetíamos la costumbre para ir enriqueciendo poco a poco nuestro patrimonio “belenístico”. Guardo algunas de aquellas figuras que con el  tiempo bastantes han ido desapareciendo, bien por rotura  o por reparto entre hermanos. Es aquí donde tengo que hacer un pequeño homenaje a mi padre, pues de aquello me inculcó la afición y ha quedado mi condición de belenista y esta palabra entronca con el tercer recuerdo que quiero contaros.

 

                              Belén en la iglesia del Convento en 1948                               

El belén parroquial

MI  costumbre de montar el belén de la Parroquia nació por unas circunstancias precisas. La costumbre del belén parroquial  se remonta  a  los primeros años de Don Gregorio como párroco  Por el año  1947 se adquirieron en la factoría de Olot (Gerona) las figuras que componían  el nacimiento parroquial por lo que cuentan setenta y tres años y son las mismas que este año aparecen  en el belén instalado en el atrio parroquial. En los primeros años se instalaba en el altar mayor de la iglesia del Convento puesto que no estaba construida nuestra actual Parroquia.  Entre otros muchos, uno que lo prepara era un pescadero de la calle Castillo apodado Carnemicho y otro que yo conocí y se dedicaba a este menester era Felipe  Muñoz, el carnicero que era el presidente del gremio de pastores. Muchos años  y ya en la Parroquia actual, ayudado por sus hijos situaban dicho  nacimiento en uno de los laterales junto a las escaleras del altar mayor. Llegó el momento que Felipe se cansó de este menester y entonces el párroco, Don Joaquín Alhambra me encomendó este menester  en 1992, desde entonces me he encargado de hacer una nueva recreación cada año. He invertido muchas horas en construir edificaciones, modelar nuevas figuras y crear espacios con distintos estilos y ambientaciones unas bíblicas y otras más atrevidas ubicando el nacimiento de Jesús con distintas decoraciones. Guardo un buen recuerdo fotográfico de cada uno de ellos, que con el tiempo bien podría convertirse en un libro ilustrado para recordar esta circunstancia de  parte de la Navidad de nuestro pueblo   Las circunstancias que estamos sufriendo con la pandemia, me han obligado este año  a situarlo en el atrio lateral de la parroquia para así no restar  ningún metro a la superficie del templo y sea utilizado por los fieles.

En otros momentos os contaré otras experiencias navideñas  vividas en mis ya largos años.

 

 

 


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