No dejemos que tanto haya sido en vano

No olvidemos que el virus sigue ahí y habrá que seguir cuidándonos y cuidando 

La cercanía de la distancia y el deber de aprender

Laura Figueiredo.- Vivimos los últimos días del tan repetido “estado de alarma sanitaria”. A partir del domingo 21 de junio dicen que la vida cambia y pasamos a la fase de la tan repetida “nueva normalidad”. La palabra “alarma” desaparece de nuestro nuevo vocabulario pero la de "responsabilidad" continúa en la lista y me da la sensación que esto va demasiado deprisa. No olvidemos que el virus sigue ahí y habrá que seguir cuidándonos y cuidando a los demás sin olvidar y dejar de aprender de lo vivido.

No quiero que pase esta ocasión sin hacer un hueco en este espacio para el recuerdo. Un recuerdo que lejos del estancamiento y la apatía quiero que sea para la vida, para seguir avanzando y dar pasos. Para ello, el recuerdo y lo vivido debe ser una lección con su aprendizaje. No dejemos que tanto haya sido en vano.

“No dejemos que tanto haya sido en vano”

La pandemia del covid-19 no ha acabado pero sí pasamos página de un primer embate y esperemos que definitivo. Fue en los primeros días, esos tristes y oscuros de un pueblo vacío y callado, cuando salieron las primeras reflexiones. Un virus nos ha puesto a todos en alerta, nos ha doblegado y ha hecho realidad las peores pesadillas. Un “bicho” enano nos ha obligado a agachar la cabeza a quienes, los hombres, nos sentíamos tan seguros y dueños del destino en esta Europa vieja e imbatible.

Poco a poco la realidad sacó a la luz desde el confinamiento lo esencial: la familia, nuestros mayores, los abrazos y besos, las reuniones, celebraciones… Y en medio sanitarios de todos los niveles, agricultores, camioneros, carteros, gasolineros, cuerpos de seguridad, limpiadoras, tiendas de alimentación, reponedores, cocineros, panaderos, enterradores, funerarias, medios de comunicación, Protección Civil, trabajadores de las residencias de ancianos… Todos recibieron nuestros aplausos puntuales a las ocho de la tarde. Nos volcamos grandes, medianos y pequeños, todos para ayudar y echar una mano desde nuestras posibilidades. Donaciones, coser mascarillas, guantes, imprimir en 3d, rezar, acercar alimentos a los domicilios, dibujos… Toda una explosión de generosidad.

Entremedias oíamos que el hospital estaba colapsado y fuimos conociendo nombres y personas que entraron y no salieron. Sí, porque esto ha sido duro para todos pero para algunos mucho más que para otros.

Alguien me dijo –Laura, aquí nadie vamos a olvidar pero aprender… dudo que aprendamos algo-.  Lo puse muy en duda pues era evidente que algo tenía que cambiar cuando todo este duro confinamiento pasara. Me parece que simplemente, y como dice mi amigo Antonio Muñoz Boluda, esto va por momentos y la prioridad sanitaria ha dado paso a una prioridad económica que se hace también más dura para unos que para otros. Ojalá también sepamos estar a la altura de las circunstancias y la generosidad se haga visible aunque sea anónima.

Sí, Antonio también comentaba que toda crisis tiene una revolución pues espero que sea para sacar lo mejor de nosotros y para que todo lo pasado y lo que siga no sea en balde.

Fueron días en los que en esa distancia impuesta por un “bicho enano” sentimos más cerca al vecino, nos acercamos a nuestros padres e hijos de manera muy especial, hasta el teléfono volvía a sonar en las casas para preguntar simplemente cómo estábamos, las redes se cargaron de mensajes de ánimo, de música, visitas virtuales a museos, libros digitales, lecturas, juegos, deporte online, carreras solidarias… Internet abrió una ventana a través de la que nos sentimos todos cerca desde la distancia.  La información sobre el covid-19 nos saturó y la sobreinformación dio paso a la confusión, a las noticias falsas y a continuas contradicciones.

Eran esos los días en los que Rosa, la cartera, me decía que ahí seguía la plantilla trabajando en la calle por turnos para asegurar un servicio postal básico. Parecía mentira pero había muchas cartas ordinarias de bancos y del SESCAM anulando citas, la paquetería no circulaba por encima de los dos kilos. La moto, el casco, la PDA… pasaban constantemente por una buena desinfección mientras ella seguía repartiendo el correo y llamando a alguna que otra casa donde la gente mayor abría con miedo. Era un pueblo, me contaba, triste y obediente a un confinamiento casero.

 Unas cuantas veces me encontré también con Antonio, el subjefe de la agrupación de Protección Civil de Campo de Criptana. La sirena y el “cumpleaños feliz” sonaban todas las tardes por los altavoces de la furgoneta de la organización porque las peticiones de los niños se acumulaban día tras día. Ellos, seis voluntarios, fueron quienes repartieron el material para coser las mascarillas, quienes las recogieron, acercaron alimentos a algunas familias del Banco de Alimentos desde el Ayuntamiento, entregaron mascarillas, atendieron alguna necesidad de personas que viven solas, apoyaron la entrega de comida del comedor infantil en el colegio Domingo Miras, llevaron los dibujos de los niños hasta la Torrecilla… Y Antonio nos decía que esta labor la hacían con el orgullo de estar cumpliendo con la principal misión que tiene una agrupación de Protección Civil, actuar en casos de desastres aunque nunca en la lista pudiera estar una pandemia. La calle fue poco a poco perdiendo la fuerza de los aplausos en muchas zonas del pueblo porque ya a mediados de abril el confinamiento se estaba haciendo demasiado largo y duro.

Las gasolineras estaban en la lista de los servicios esenciales y atendieron puntualmente a los pocos vehículos que por ellas pasaban. Estuve en las farmacias, en el cementerio, vi el trabajo intenso y poco dotado de un Centro de Salud también desbordado por órdenes administrativas, llamadas y visitas domiciliarias. Todo ello con escasez de material de protección y con la angustia de tener que decidir tratamientos y traslados a un hospital todavía más colapsado sin olvidar el temor al contagio. De hecho, fueron varios los profesionales sanitarios que cayeron enfermos desde un principio en Atención Primaria.

Las tiendas de barrio y supermercados se desbordaron con unos primeros días de compras masivas y sin apenas orden ni concierto. Isabel y Carmen, en la calle Paloma, me contaban cómo había subido la demanda del servicio a domicilio, cómo tras las puertas y siempre a distancia se encontraban con personas mayores solas y con mucho miedo. A la tienda llegaban los de siempre y los que nunca habían pasado mientras que los pedidos se multiplicaban sobre todo en fruta y productos de limpieza. Las conversaciones siempre eran las mismas, coronavirus y más coronavirus para luego dar paso a la preocupación laboral y económica de tantos.

En la residencia de mayores, ancianos desorientados y sin la visita de los suyos en el aislamiento más largo y duro de todos. La angustia de los de dentro y el sufrimiento de los de fuera. ¡Cuánto he aprendido en mis charlas con nuestros mayores! Mientras en las casas, niños, adolescentes, estudiantes, clases online, deberes, teletrabajo… y el intenso olor a lejía por todos los rincones. He escuchado a personas mayores resignadas y con mucho miedo; a jóvenes a los que la incertidumbre del futuro se les  hace aún mayor; vecinos con el dolor de haber enterrado a sus seres queridos en la distancia sin despedidas y sin consuelo; a niños enganchados a sus tabletas y vídeojuegos sin mayores preocupaciones y conformados con un trozo de balcón a la calle. Un confinamiento y una “desescalada” que dejan miles de historias porque cada uno tiene la suya.

Un confinamiento y una “desescalada” que dejan miles de historias porque cada uno tiene la suya

He encontrado miradas de cercanía que desde la distancia sanitaria nos unían en la dificultad, en lo nunca vivido por nadie. Volveremos a la vida y espero que lo hagamos con el deber de no olvidar y lo que es más importante, con el deber de convertir lo vivido en una oportunidad para aprender.

 

 


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