Las fray Escobas de la iglesia de Campo de Criptana

 “Aquí venimos y dejamos la iglesia hecha un primor”

Laura Figueiredo (5 de junio de 2024) Han terminado de cantar los gozos que pone el punto y final a las Flores a la Virgen en la parroquia y les falta tiempo para ponerse el delantal, coger la escoba y empezar a barrer. Parece que cada una tiene su rodal y sabe dónde dirigirse sin necesidad de más señas ni órdenes. Son Manolita, Domi, Tere, Jose y Carmen. Poco después se incorpora otra Jose, otra Mari Tere, Bernardita y Rosarito. Y me dicen que ese día faltan Diosi y Carmen que son también parte del grupo.

Por delante, las tres naves de la iglesia parroquial con bancos, santos y confesionarios más las entradas laterales. Van llegando todas y a todo le dan un buen repaso, aunque como me advierten “esto es un buen lavado de cara; luego ya se hace zafarrancho y se convoca a todos los grupos y se coge el pronto jabonoso para los bancos, las escaleras, caballetes… ya se hace más a fondo”. Entonces es cuando también se cuenta con las mujeres encargadas de las sabanillas y se reparten los grupos a lo largo de una semana para hacer las limpiezas especiales.

Por lo pronto, van entrando y saliendo de detrás del retablo de la Virgen del Rosario. Ahí se aprovisionan de las herramientas necesarias para desempeñar su labor: limpiar la iglesia. “Todo es necesario y más cuando hablamos de la casa de Dios”. Y van saliendo con fregona, cubo, recogedor, escoba, zorro y trapos. El agua la cogen en otro sitio, en la capilla de la Esperanza y de la Candelaria. Ese es todo el equipo que necesitan sin olvidar la alegría y la buena voluntad con que hacen las cosas. Y es que son mujeres de esas de Criptana de toda la vida que les falta tiempo para arremangarse y preguntar - ¿dónde hay que ir?- , -¿qué se necesita?-. Y ahí que van ellas y ahí que están cuando hace falta. Porque como dicen “no creerá la gente que esto lo hacen los ángeles”.

Ya están en horario de limpieza de verano, a las 5 de la tarde, mientras que en invierno empiezan a las 4. No tardan más de dos horas en hacer lo que hay que hacer, aunque esta vez se entretendrán porque hubo bautizos y la cera hay que quitarla del suelo. Dicen que la cosa no tiene mayor complicación que la de poner voluntad y un rato cada dos meses que es cuando toca.

Me explican que es uno de los grupos con más solera y numeroso. De hecho, en él hay quienes llevan más de 40 años yendo a limpiar la iglesia además del Convento “que también se ensucia y hay que mantener como Dios manda”. Llegaron a ser 16 mujeres, pero con el tiempo unas ya no pueden ir y otras han fallecido mientras que la renovación es escasa.

Manolita y Domi ya están en los primeros bancos retirando y barriendo a la vez que pasan el trapo por asiento y reclinatorio. Cuarenta y seis años yendo a echar una mano en la limpieza de la parroquia “y aquí seguiremos mientras podamos y es que no fallamos no estando malas” me dice Domi quien añade “que estamos pintando en casa, pues lo dejamos y nos venimos a la iglesia y luego nos volvemos a pintar”.  

La cosa, nos cuentan, no tiene más misterio que “barrer, fregar, dar bien a los bancos por arriba y por abajo, quitar la cera cuando hay y pasar el plumero a las vírgenes y santos hasta donde llegue el brazo”. “Lo de subirse a los caballetes y esas cosas ya a nosotras no nos toca” apunta Domi quien aclara que el equipo de limpieza se encarga del altar para abajo más las entradas laterales “y ya si vemos muy sucio el atrio pues también se le pasa el cepillo y la fregona”.

Manolita es la “jefa” de este grupo porque la coordinadora de la limpieza de la iglesia es Pilar Quintanar que es quien va indicando y recordando los cambios y turnos. Cuesta crear grupos nuevos, aunque siempre se logra ir cubriendo las bajas con nuevas incorporaciones. Manolita ve muy mal eso de contratar a personas y pagarles un dinero. “No nos cuesta ningún trabajo venir dos horas cada un tiempo.  ¡Anda que son todos los días!”. Domin concreta y tiene claro que “las cosas han cambiado y la gente joven no quiere saber nada de limpiezas de la iglesia”. Quienes no han cambiado son estas dos amigas que a la limpieza de la iglesia suman la del Convento también cada dos meses “y allí incluye altar y sacristías y en la calle también nos gusta eso de darle un cepillazo”. Y es que como dicen las dos “no valemos para ver las cosas sucias y menos la Iglesia”.

“No valemos para ver las cosas sucias y menos la Iglesia”

 

El grupo lleva trabajando junto prácticamente desde el principio. Tere nos dice que “hay que echar manos y hay que tenerlas dispuestas”. Recuerda cuando una de las compañeras sacaba la escalera y le daba con el plumero a todos los santos “ahora ya no estamos para subirnos a los caballetes”.

Carmen se incorporó al grupo de limpieza hace 18 años, cuando se jubiló y se vino de Madrid. “Me pillaron mis primas, dice, y ¡ale! aquí sigo”. Es de las que sigue yendo y participando, pero cree que “ya toca que vengan otros, pero como no vienen aquí estoy sin soltar la escoba”.  Piensa que “detrás de nosotros no va a venir nadie así que mientras podamos…”. Carmen al final tiene ese gusanillo de participar y no menguar un grupo en el que se siente a gusto.

Jose, es otra de las miembros del grupo de toda la vida. “No me cansa y cuando me comprometo a algo no lo dejo y más cuando es en la iglesia” afirma quien añade que nunca se puede barrer mejor acompañada que en una iglesia “porque aquí tenemos lo más grande”. Hay otra Jose en el grupo de limpieza que suma casi treinta años tanto en la parroquia como en el Convento. Y cree que ahí seguirá mientras pueda porque “no hay relevo, la gente joven está trabajando o tienen otras cosas”. Como muchas de sus compañeras piensa que “con nosotras esto se termina así que habrá que buscar otra manera de hacer”.

“Con nosotras esto se termina así que habrá que buscar otra manera de hacer”

 

Rosarito y Mari Tere son los últimos fichajes del grupo y, aun así, ya son cuatro o cinco años desde que se incorporaron. Rosarito nos explica que en realidad ella se reincorporó a la limpieza de la iglesia después de haberlo dejado durante muchos años. “Da mucho gusto venir, explica, se siente mucha paz y tranquilidad al estar acompañada por tantos santos”.

Mari Tere se siente una principiante ante tanta decana en el grupo. Ella se dedica a limpiarle la cara a los santos desde que el primer día le dieron ese encargo. “Y eso sigo haciendo, una limpieza de cutis y te digo que hay polvo, el plumero sale sucio”. Nuestra limpiadora sabe aprovechar bien el tiempo porque “aprovecho que estoy muy cerca y hablo con los santos y les voy contando mis cosas”.

“Aprovecho que estoy muy cerca y hablo con los santos y les voy contando mis cosas”

 

Luego toca fregar los cepillos, recogedores, cubos… “todo lo dejamos bien limpio que da mucho coraje encontrarlo sucio”.

Y este es uno de los ocho grupos que hay en la iglesia de Campo de Criptana para su limpieza. Grupos de mujeres, dispuestas siempre a estar donde se les necesita y echar una mano cuando es necesario. Unas mujeres que ya son irrepetibles porque las nuevas generaciones están para otras cosas y en otras cosas.

Mientras, no está mal que sepamos que no son los ángeles quienes hacen este y tantos otros trabajos necesarios en la Iglesia. Son las mujeres las que acuden a lo que se necesita y sacan adelante tantas y tantas tareas de las comunidades parroquiales sin hacer ruido ni mirar cuotas paritarias. De hecho, la participación de los hombres no está prohibida.

“Son las mujeres las que acuden a lo que se necesita y sacan adelante tantas y tantas tareas de las comunidades parroquiales sin hacer ruido ni mirar cuotas paritarias. De hecho, la participación de los hombres no está prohibida”

 

Y ahí dejo a Manolita, Domi, Jose, Mari Tere, Tere, Bernardita, Rosarito y Jose (a falta de Disosi y Carmen) que se marchan un lunes más con la satisfacción del deber cumplido: “hemos venido y dejamos la iglesia hecha un primor”.

 


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