Juana Pinés Maeso, premio "Pastora Marcela 2015"

Juana Pinés Maeso, nuestra Pastora Marcela

“La poesía tal vez pudiera hacernos un poco más felices”

Laura Figueiredo (19-9-2015).-Su poesía es sencilla, cotidiana y desnuda. Detrás de cada verso hay una espontaneidad trabajada minuciosamente. Su poesía es como ella, grande y humilde. Esta vez “A la vuelta de la esquina” se para con otra de nuestras premiadas literarias, en esta ocasión es Juana Pinés Maeso, Premio Nacional de Poesía “Pastora Marcela 2015”. El trabajo premiado fue el poemario “Unos ojos de lluvia”.

Juana Pinés es una veterana de las letras no en vano cuenta con más de 200 premios literarios nacionales e internacionales. Nació en Manzanares y es nieta e hija de escritores. Está segura que en los genes lleva la tinta pero el don hay que trabajarlo y cuidarlo para que esa tinta no se desparrame y malgaste. Escribe “de natural” de lo que vive y siente no solo sobre el papel. Disfruta y sufre también en la realidad diaria que exprime como pocos hasta la última gota. Por ello, su poesía como mínimo “pellizca el corazón”. Juana Pinés siempre dice que la poesía tiene que sangrar.

Sabe que se lee poca poesía porque siempre sus formas exigen mayor esfuerzo al lector pero también culpa a los propios poetas porque muchas veces y de manera intencionada se hacen distantes y barrocos. Su apuesta por la difusión queda clara con su trabajo como directora durante ocho años del Grupo Literario Guadiana y de la Revista de creación literaria Manxa que se edita desde 1975 y se distribuye a 25 países.

La relación de nuestra poeta con Campo de Criptana va más allá del premio Pastora Marcela. Ella da nombre al Certamen Cartas Manuscritas que desde hace unos años convoca la Asociación Cultural Antares de la localidad. Algo que nuestra poeta siempre ha agradecido cuando el agradecimiento mayor es para Antares y para el propio Campo de Criptana. El próximo mes de noviembre volveremos a contar con su amistad en una nueva edición de Cartas Manuscritas.

En cualquier caso, lo mejor es acercarse a Juana Pinés, esta vez a través de esta sencilla entrevista. El siguiente paso, leer su poesía.

Foto: Juana Pinés en la entrega de premios "Cartas Manuscritas Juana Pinés" que organiza la Asociación Cultural Antares. Foto de Conchi Angora

-Cuentas con más de 200 premios literarios tanto nacionales como internacionales ¿por qué te presentas ahora al Premio Pastora Marcela que ya tiene casi el medio siglo de vida?

No hay que olvidar que cada año se publican miles de certámenes en toda España.  Muchos de ellos, como el Pastora Marcela,  con una trayectoria, una seriedad y un prestigio cimentados en años de existencia.  No es factible, por tanto, presentarse a todo cuanto se convoca. A veces la elección del concurso es algo casual y aleatorio.  No hay una causa concreta que determine a cual te presentas o a cual no.  Hay muchísimos certámenes conocidos a los que jamás me he presentado, y el Pastora Marcela era uno de ellos.  No sabría decirte por qué.  Ni por qué este año me ha apetecido mandar un trabajo.  Pero debo confesar que estoy encantada de haberlo hecho.   

- Tu poemario premiado  “Unos ojos de lluvia” fue elegido entre más de 70 trabajos ¿Qué nos cuentas en él o mejor dicho que sentimientos explotan a través de sus versos?

En ese libro he querido recrear un tiempo pasado y ya lejano, una relación amorosa que comenzaba a fraguarse, unos amores juveniles con sus miedos, sus anhelos y sus incertidumbres. He intentado emplear un lenguaje sencillo, fresco y sin demasiados adornos superfluos, porque he querido que los versos expresen con toda claridad las sensaciones que viví en ese tiempo que describo: la ternura, la inseguridad, los sueños, el miedo al fracaso, los celos…,  en una palabra,  toda esa vehemencia que existe en un amor iniciático.

- Te lo habrán preguntado muchas veces Juana, pero yo te lo pregunto por primera vez. En la  poesía ¿cuánto hay de ficción y cuánto de vivencia y experiencia personal? En definitiva ¿se puede hacer poesía sin haber sentido antes o es que tu alta sensibilidad te lleva a sentir lo propio y lo ajeno?

Pessoa sostiene que “todo poeta es un fingidor”. No estoy de acuerdo. No al menos en lo que a mí respecta. Yo escribo casi siempre “del natural”. Y digo casi siempre, porque luego matizaré el tema. Yo escribo de la realidad. De MI REALIDAD. De emociones, de sensaciones, de sentimientos reales. Escribo de experiencias vividas, de vivencias que, de alguna manera, me han dejado una huella o un poso en el ánimo.  Escribo lo que me ocurre, lo que siento, lo que forma parte de mi bagaje personal.  Para hacer eso se necesita un impudor tremendo, porque de algún modo te quedas desvalida, desprotegida y con el alma al cielo raso, como si de alguna manera te desnudaras delante del lector,  pero es que no sirvo para el fingimiento. Y ahora viene el matiz del que hablaba al principio: A veces he escrito sobre niños con discapacidades, sobre hundimientos de pateras, sobre mujeres esclavizadas para el sexo, sobre xenofobias, sobre guerras, sobre hambrunas…  He escrito desde fuera de mí, de cosas que les ocurren a otros, de dolores que no me pertenecen. Pero es que la empatía me empuja a hacer un poco mías las desgracias del mundo, y no puedo permanecer ajena a lo que ocurre en otros lugares y a otras personas.  Lo cierto es que, tanto si hablo de mis cosas como si hablo de lo que le ocurre a los demás, siempre hay un aliento de verdad en lo que escribo. A no ser, claro, que por alguna circunstancia me vea obligada a escribir algo “de encargo”, lo que yo llamo de compromiso y de quedar bien.  En esos casos escribo algo medianamente decoroso y salgo del aprieto como puedo. Aunque no puedo evitar sentir que lo que acabo de hacer es algo ficticio y sin alma.

Escribo lo que me ocurre, lo que siento, lo que forma parte de mi bagaje personal

Esa forma de sentir tan hasta las entrañas tendrá sus ventajas y sus desventajas. Sufrirás más que nadie con el dolor y disfrutarás y vivirás más que nadie la alegría. ¿Cuáles son esas ventajas y desventajas?

Tú misma lo has dicho. La alegría es más alegría, pero el dolor es más dolor. Lo malo (o lo bueno) de ser poeta vocacional es que a veces no nos limitamos a serlo sobre una hoja en blanco, sino que lo hacemos extensivo a nuestra realidad diaria,  sin darnos cuenta de que, lamentablemente, es casi una obligación vivir en prosa. Que no está el mundo para lirismos. Pero es verdad que exprimimos la vida como un limón, que encontramos belleza, ternura o magia en cosas que para la mayoría de la gente son insignificancias que pasan desapercibidas. Lo pequeño cobra un significado especial, y somos capaces de encontrar grandeza donde los demás sólo encuentran cotidianidad.  Que vivimos un poco en las nubes, vaya, con una especie de locura inofensiva.  Te voy a contar una anécdota un poco risible: Andábamos por Còrdoba una primavera mi marido, mi hija y yo. Íbamos por una rosaleda y yo me paraba a contemplar cada rosa, y las tocaba, y las olía, y ponderaba, imagino que exageradamente, sus colores vivos, su frescura, su lozanía. Entonces mi hija, molesta, me recriminó. “¡Qué barbaridad!”, dijo. “Parece que no hubieras visto nunca una rosa”.  Y yo le respondí: “Sí, he visto muchas. Pero es que estas es la primera vez que las veo”.   No sé si esto que te cuento te da una idea exacta de que el gozo de vivir es intenso cuando “se vive en poesía”. Claro que cuando llegan las horas oscuras, el dolor es algo que te paraliza.  

El gozo de vivir es intenso cuando se "vive en poesía"

- ¿Hay mucho o poco de herencia en tu vocación literaria? ¿Y de trabajo y esfuerzo?

Sí, imagino que hay mucho de genética en esta vocación. Pero también hay factores ambientales.  Mi abuelo paterno escribía, mi padre escribía,  y en mi niñez he vivido rodeada de libros, de lecturas, de poemas recitados. Eso, lógicamente, me debió influenciar. Posiblemente ya llevase en mi interior el germen y “la materia prima”, y el entorno familiar hizo el resto, por lo cual el desenlace era casi inevitable. Pero no basta con eso. No te puedes dormir en los laureles esperando que la genética lo haga todo. Se requiere un aprendizaje, una disciplina, un esfuerzo. Hay que empezar escribiendo mucho y rompiendo mucho también, hay que estudiar, aprender, trabajar, para llegar a ser, como dijo Antonio Gala,  no la mejor de todos, pero sí la mejor de ti misma.     

-¿Por qué a la gran mayoría de las personas nos cuesta tanto leer poesía?

Porque la poesía requiere un lenguaje mucho más depurado y más exquisito que el que se utilizaría en una novela, por ejemplo, y desde luego muchísimo más que el lenguaje coloquial y conversacional. La utilización de imágenes, metáforas y recursos estilísticos dificultan la comprensión al lector poco habituado. Lo que hace que la poesía siempre haya sido un género de minorías.  Además siempre he sostenido que mucha culpa de que se lea poca poesía la tenemos los propios poetas, que a veces nos empeñamos en escribir de una manera oscura, barroca e impenetrable incluso para los propios “iniciados”.  Si la poesía no comunica, no transmite una emoción,  no te pellizca un poquito el corazón, cerrarás el libro y te olvidarás de él para siempre.

Si la poesía no te pellizca un poquito el corazón, cerrarás el libo y te olvidarás de él para siempre

Viviríamos mejor si pusiéramos un poco de poesía a nuestras vidas o sufriríamos más? ¿Qué poesía pondrías tú a este mundo de prisas, sin tiempo y tan indiferente?

Todo lo que suponga poner un poco de belleza y de sensibilidad en la vida siempre es beneficioso. No salvaríamos el mundo, por supuesto. No soy tan ingenua como para creer ni por un instante que la poesía puede salvar el mundo. Es más, creo que el mundo no tiene salvación posible. Pero la poesía sí puede salvarnos a nosotros mismos de forma individualizada.  Salvarnos de la indiferencia, del tedio, de la insolidaridad, del asco. La poesía tal vez pudiera hacernos un poco más felices.  Y cuando uno es feliz le quedan pocas ganas de ir a pelearse con el vecino o discurrir nuevas formas de hacer daño a los demás.  No sé qué tipo de poesía le pondría a este mundo que se nos cae a pedazos, pero desde luego algo hermoso, esperanzador y que nos hablara de limpieza de corazón.     

 - Empezamos la entrevista hablando del Premio Pastora Marcela y terminaremos hablando de Campo de Criptana. De hecho das nombre al Certamen de Cartas Manuscritas que desde hace unos años organiza la Asociación Cultural “Antares”. ¿Qué has encontrado en este pueblo manchego? 

Hace años conocí Campo de Criptana. Pero me limité a una visita a lo que llamáis EL ALBAICÍN CRIPTANO. Recuerdo que me impresionó aquel paisaje majestuoso y la monumentalidad de los molinos, que le dan una genuina identidad a vuestro pueblo. (Viéndolos de cerca entendí que Don Quijote los confundiera con gigantes).  Más tarde volví, cuando las mujeres que componen la Asociación Cultural ANTARES decidieron ponerle mi nombre a un certamen de cartas manuscritas.  Iba emocionada, nerviosa, y desde luego agradecida. Y fueron tan generosas que dejaron sus obligaciones para hacerme un recorrido por los lugares más emblemáticos. Me llevaron al museo-taller de un artesano que convierte el metal en obra de arte, Eloy Teno. Fuimos de nuevo a ver los molinos, siempre sorprendentes, a una preciosa ermita en las afueras del pueblo, en un paraje hermosísimo, y a conocer algo que me impresionó profundamente, porque jamás había oído hablar de algo así.  Me refiero al Pozo de la Nieve.  Fue un día increíble. A partir de ese momento he vuelto cada año para celebrar con ellas su entrega de premios, y siempre he sentido la misma gratitud, porque poco a poco he ido conociendo Campo de Criptana, el Pósito, con sus exposiciones itinerantes de pintura, sus calles, sus lugares de recreo…, pero sobre todo algo que me ha dejado con la boca abierta:    ¡He visto anochecer desde los molinos! Y eso es algo irrepetible.

¡He visto anochecer desde los molinos! Y eso es algo irrepetible.

 

 


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