Irene Sánchez-Manjavacas, una educadora social en medio de la noche

Irene Sánchez-Manjavacas, una joven criptanense en Bilbao

“Mi trabajo es muy cañero y me gusta”

Laura Figueiredo.- Habla con entusiasmo de su trabajo, no hace falta casi preguntar. Trabaja a pie de calle junto a lo último de lo último y eso siempre genera posiciones firmes y muy vehementes y más cuando te acompaña la juventud. Estudió Educación Social y desde hace dos años pone sus conocimientos al servicio de los colectivos más olvidados, personas sin papeles, drogodependientes y prostitutas. Como tantos de nuestros jóvenes salió de Campo de Criptana a estudiar y ya no ha vuelto.

Es Irene Sánchez-Manjavacas Cruz, trabaja en un centro de Cáritas de atención por la noche a personas sin hogar y lo hace en Bilbao a donde llegó para estudiar un máster en drogodependencias.  Le duele y le da pena cuando se habla con desprecio de los inmigrantes y se hace sin conocer la situación de cerca. Ella la vive y tiene claro que son personas con nombres, apellidos y una vida dura y que alguien las tiene que atender y orientar, preocuparse por ellas. Le preocupa un racismo que cada vez es mayor entre los jóvenes. “Por mucho que la hayas cagado en tu vida sigues siendo persona con necesidades físicas y emocionales” afirma nuestra entrevistada de manera espontánea y directa.

Irene nos habla de una juventud criptanense que se marcha a estudiar y que ya se queda, en su mayoría, fuera trabajando o en busca de un trabajo. Aquí, en Campo de Criptana es complicado. Del pueblo echa de menos los veranos entre sus amigas de siempre sentadas en los molinos o en el parque charlando con una bolsa de pipas en la mano. De aquí ha aprendido el valor de conocer a las personas.

Como tantos jóvenes le preocupa la incertidumbre laboral y cuando se habla de una nueva crisis no puede dejar de recordar la del 2008 y exclama ¡otra no porfa!

 

-¿Qué hace una criptanense en Bilbao?

Bueno, yo no soy de los jóvenes del pueblo que está más lejos. Me fui a Bilbao a estudiar el máster de drogodependencias, ese era el enfoque que quería dar a mis estudios. En 2016 terminé Educación Social en el campus de la UCLM en Cuenca después de haber hecho en Formación Profesional los módulos de Atención Socio-sanitaria e Integración Social. Quería especializarme en la atención a personas drogodependientes y encontré el máster en la Universidad de Deusto en Bilbao y allí que me fui.  Antes, me tocó trabajar en diferentes sitios  hasta que me llamaron de donde había hecho las prácticas, Cáritas Bilbao. Tuve mucha suerte.

-¿Qué es una educadora social?

Pues es una persona que se dedica sobre todo a acompañar, gestionar y diseñar procesos para que la gente consiga dentro de sus posibilidades pequeñas metas. Son pequeños pasos y siempre andando al lado, acompañando. Los colectivos con los que trabajamos son muchos desde personas con discapacidad, educadores de menores, inmigración, drogodependientes… En los institutos de Enseñanza Secundaria cada vez se van demandando más educadores sociales, de hecho en Criptana hay una persona y eso no es lo habitual. Una figura que poco a poco va ocupando su espacio y se va dándose conociendo su trabajo y su necesidad.

-Volvemos a Bilbao, ¿qué trabajo haces en Cáritas Bilbao?

Trabajo en un proyecto concreto dirigido a personas sin hogar. Es el proyecto Hontza que en vasco es “búho”. Es un centro nocturno que gestiona Cáritas Bilbao y que está abierto de 20 horas a 8 de la mañana. Nace sobre todo en un principio para atender a personas que están en la calle y con problemas de drogodependencias.

-Todo un reto para ser tu primer trabajo como educadora social.

Es un trabajo muy cañero y me gusta mucho. Me encanta y lo paso bien aunque hay ratos malos. Mira, el centro tiene tres áreas de atención. El proyecto de pernocta con 18 plazas de las que 14 las gestiona el Ayuntamiento y otras cuatro nuestras. Y se le da a la primera persona que llega aunque hay unas prioridades: mujer, que es muy vulnerable en la calle; razones sanitarias y por último está la prioridad educativa para personas que salen de algún centro y están en un programa o situación transitoria y se le facilita el no estar en la calle porque la calle es muy tentadora.   

-¿El segundo proyecto?

El proyecto café-calor. El centro lleva abierto 17 años y con el tiempo se abrió el perfil más allá de las personas con adicciones y se puso en marcha el proyecto café-calor que desde las 12 de la noche hasta las 4.30 de la madrugada ofrece ducha, comida, intercambio de ropa, lavar ropa… También guardamos mucha documentación de los usuarios o alguna pertenencia porque con la vida que llevan es fácil que pierdan la única identificación que tienen o lo poco que poseen. Y por último, trabajamos en el proyecto de proximidad, un programa de intercambio de material de consumo higiénico con el que se logra evitar contagios e infecciones muy graves por el mal uso de jeringuillas y demás utensilios a la hora de consumir. A la vez que se limpia la calle de basura peligrosa para la salud. Se trata de un intercambio, tú me das el material usado y por cada uno yo te entrego dos nuevos. Un programa polémico pero que ha demostrado dar sus resultados.

-¿Qué es lo más importante en Hontza?

La forma en que tú tratas a cada una de las personas que llega al centro. Me doy cuenta que muchos usuarios es solo en este espacio en el que se les habla de tú a tú, mirándoles a los ojos porque fuera no se les trata igual. Siempre suele haber un prejuicio y se les trata despectivamente. No entro en culpas ni en víctimas y culpables pero no se les trata bien. Llegan a Hontza y se sienten un poco  como en casa, se les da ese calor de hogar que ellos no tienen desde hace muchos años. Eso sí, hay unas normas y un comportamiento que hay que respetar. Los he visto llorar, reír, venir asustados...  En Hontza trabajas para crear un clima bonito aunque no es fácil siempre. Necesitan sentarse y que les escuches.

“En mi trabajo lo más importante es la forma en que tratas a cada una de las personas que llega al centro”

-¿Son la mayoría inmigrantes?

Trato y trabajo con tres grupos principalmente de personas: drogodependientes, prostitutas obligadas a estar en la calle por mafias y redes y luego las personas sin papeles en su gran mayoría argelinos y marroquíes. Perfiles que no se atienden en otros sitios sobre todo a los que llegan sin documentación. Nosotros no pedimos nada, entendemos que son ante todo personas y que llegan con una mano delante y otra detrás. No miramos si son legales o no, miramos que son personas que tienen que comer, asearse, descansar, están todo el día en la calle. No juzgamos, tratas de darles una acogida y atender unas necesidades emocionales y físicas. Es gente que está muy sola con edades entre los 18 y 30 años, jóvenes que lo han dejado todo y que llegan aquí tras el “sueño europeo” que es el mayor engaño y una traición. Y al final lo que hacen es chupar calle y más calle.

-Pero no todo el mundo lo ve así ni mucho menos.

Me da mucha pena y discuto mucho con estos temas y me he llevado disgustos. Me entristece que se juzguen unas vidas sin conocer. No discuto que hay miles de personas y siempre habrá gente buena y gente nada buena pero yo lo que veo son chavales con vidas tan difíciles. Salen de un país donde no han tenido nada, llegan y siguen con menos, sin conocer el idioma, sin un euro, sin familia… Entiendo a la gente que no lo ve como yo porque hay mucho desconocimiento, yo por el contrario es un tema que conozco. Invito a que se acerquen a conocer y verán qué difícil es.  Además, deben saber que hay un conjunto de asociaciones que se vuelcan en un acompañamiento formativo con cada uno de estos chavales enseñando el idioma y un oficio. Ellos quieren trabajar, esa es su meta siempre.

-¿Ves mucho racismo?

Sí y me da mucha pena y cada vez hay más. Ahora con el tema de Roger Floyd te diré que no he sido capaz de ver las imágenes de su muerte, me duele.  Me da lástima cuando personas a las que cuento en qué consiste mi trabajo me salen con un -¿y no te da asco?-  Y lo peor es que cada vez veo más este tipo posturas entre la gente joven. Trabajar con ellos te da una perspectiva muy diferente y es verdad que eso lo tienes que ver. No puedes seleccionar si tienen o no tienen papeles y más desde los principios de Cáritas. Alguien tiene que atenderles, son personas. Por mucho que la hayan cagado en su vida siguen siendo personas.

-¿En qué consiste tu trabajo en el centro como educadora social?

Dentro del proyecto nuestro trabajo se divide en dos partes. Por un lado la asistencial, mi misión es devolver a las personas la dignidad que la calle les ha quitado por su dureza y las adicciones. Aquí vemos la importancia de una ducha, un plato de comida, el seguir unas pautas sanitarias y psiquiátricas … o simplemente escuchar para hacer que la persona se sienta valorada . Por otro lado, está el trabajo propiamente educativo que implica el cumplimiento de un horario, normas de convivencia, regularizar ciertas situaciones, derivar a otros recursos, coordinación con otros centros o profesionales. Siempre teniendo en cuenta que trabajamos la reducción de daños, es decir somos un centro de baja exigencia.

-Y los estudios teóricos de tu carrera ¿tienen aplicación en el trabajo?

Es muy importante formarse para tener una buena base pero lo que está claro es que la realidad la empiezas a ver cuando haces prácticas y trabajas.

-Tú como el resto de los jóvenes también queréis trabajar pero la cosa se está poniendo complicada para unos jóvenes en general más formados y con menos oportunidades laborales.

Esta edad es también un tanto caótica. Me genera mucha incertidumbre el hecho de que nunca sabes que va a ser de ti, dónde vas a acabar. Estoy muy bien en Bilbao y firmaría por quedarme allí pero no sé, mi trabajo no es fijo y siempre estás en la cuerda floja. Es una incertidumbre que crea angustia. Antes, la generación de mis padres, todo estaba pensado y hecho: un trabajo, casarse, una casa en el pueblo y ya tenías tu vida para empezar y sabías cómo ibas a acabar. Ahora es el día a día. El caso es que tienes cerca de 30 años y la sensación de no tener nada ni casa, ni coche, ni un trabajo estable…

“Me genera mucha incertidumbre el hecho de que nunca sabes que va a ser de ti, dónde vas a acabar”

-Tienes una experiencia y vivencia que antes no tenían la mayoría de los padres.

Y no lo cambio pero es verdad que genera inestabilidad emocional. Yo he sido camarera, cajera… me iba a hacer la temporada de verano a Málaga y lo hacía porque no encontraba de lo mío cuando terminé la carrera. Antes compaginé estudios y trabajos porque la crisis del 2008 nos dejó muy tocados en casa. Pero una vez que empiezas a trabajar en lo tuyo, en lo que te has formado, no te apetece volver otra vez aunque si tienes que hacerlo lo haces. Una nueva crisis ahora… ¡otra vez no porfa!

“En mi círculo de amigos la mayoría nos hemos ido a trabajar fuera del pueblo e incluso de España”

-Salís a estudiar y pocos sois los que volvéis a Criptana.

En mi círculo la mayoría se ha quedado fuera del pueblo. De mi grupo de amigas de siempre una sola está aquí, las demás repartidas por España y fuera de España. Como es lógico, tú te quieres desarrollar profesionalmente en lo que has estudiado y es difícil, aunque no imposible, encontrar en el pueblo o proximidades un trabajo. Cuesta mucho o hay que saber esperar la oportunidad, que haya suerte... Lo que sí es que hemos tenido la oportunidad de estudiar casi todos. Yo compatibilizando estudios y trabajo.

“En mi generación es verdad que hemos tenido casi todos la oportunidad de estudiar”

-¿Te gustaría vivir y trabajar en el pueblo?

Estuve un tiempo trabajando en Alcázar en el centro Neptuno como educadora social. No sé si volvería… creo que no a no ser que encontrara algo muy seguro. Aquí, en Criptana, se vive muy bien pero es verdad que cuando te acostumbras a otro ritmo de vida es complicado. Llegas aquí y todo es más lento, tranquilo y si ya te has acostumbrado a otra forma de vida cuesta.

-¿Qué echas de menos del pueblo?

Aparte de la familia y amigos yo los veranos. Los veranos aquí me gustan mucho, esa tranquilidad de irte por la tarde al parque o subir a la sierra, el airecito, tomarte algo o simplemente  sentarte  en una piedra y dejar pasar el tiempo entre tus amigas con una bolsa de pipas. Yo eso sí que lo echo de menos y en Bilbao me acuerdo mucho.

-¿Qué has aprendido de Criptana?

Yo creo que el valor de conocer a la gente. Eso es otra cosa que echo de menos, ir por la calle y pararte y hablar y preguntar por la familia… eso es muy acogedor y es que yo también soy una persona muy cercana.  Ese  -¿ y tu madre?- -¿ y tu abuela?-. Habrá gente a la que no le guste pero sí, he aprendido el valor de conocernos y apreciarnos.

“En Criptana he aprendido el valor de conocer a la gente”

-¿Qué haces aquí ahora?

Pues vengo muy poco pero el coronavirus me ha dado un paréntesis. Terminé mi contrato y me vine hasta finales de junio que empezaba con otro contrato hasta diciembre aunque al final me tengo que marchar antes y allá que me voy. (Cuando se hace la entrevista Irene estaba a punto de volver a Bilbao tras casi tres meses en Criptana)

 


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