"-Ya, ya caigo -respondió don Quijote- en ello: tú quieres decir  que eres tan dócil, blando y mañero que tomarás lo que yo te dijere, y pasarás por lo que te enseñare.

-Apostaré yo -dijo Sancho- que desde el emprencipio me caló y me entendió, sino que quiso turbarme por oírme decir otras doscientas patochadas.

-Podrá ser -replicó don Quijote-. Y, en efecto, ¿qué dice Teresa?

-Teresa dice -dijo Sancho- que ate bien mi dedo con vuestra merced, y que hablen cartas y calle barbas (...)"

Sancho Panza, inteligente y desconfiado, quiere que su escuderil dedicación al Caballero manchego quede comprometida por escrito. Don Quijote dice estar de acuerdo, pero no suscribe documento alguno. Basta su palabra. Pero Sancho insiste y quiere "que vuestra merced me señale salario conocido de lo que me ha de dar cada mes, el tiempo que le serviré (...). En fin, yo quiero saber lo que gano", añade.

"Sin pruebas, nada creas", dicta la sabiduría popular para corroborar las exigencias de Sancho, que pone a su mujer por escudo de tan legítimas pretensiones.


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