José María Beamud, Teresa Ortega y la tercera generación del Orejón 

“Hay que dejar paso a los hijos y gracias a Dios hemos dejado el testigo bien dejado”

Laura Figueiredo (14-4-2021).- Todos en el pueblo les conocen y desde hace un tiempo su nombre viaja más allá de Campo de Criptana. El sabor es el del pan y el de los rosquillos de mistela, magdalenas y mantecaos de caja. Detrás de ellos hay una primera, una segunda y ahora de manera ya oficial una tercera generación. Son El Orejón y  tienen nombres y apellidos más allá del mote con el que se sigue conociendo a este horno de la calle Dulcinea.

Tocaba pasar el testigo y eso es lo que este año han hecho José María Beamud Villafranca y Teresa Ortega Alberca. Una entrega de testigo de la segunda a la tercera generación llena de satisfacción por parte de unos padres que ven cómo tres de sus hijos no solo siguen con el oficio sino que además, y desde hace tiempo, trabajan para avanzar y adaptarse a los nuevos tiempos y gustos. Ellos son José María, Juan Miguel y María Eugenia.

José María y Teresa nos hablan de las caseras, los panes, las barras, las chapatas, la gallega, la integral… nombres y sabores que han ido cambiando el escaparate de las panaderías y conviviendo con las magdalenas, los rosquillos, los mantecaos, empanadillas… de siempre.

Los hornos no son lo que eran, ni la forma de repartir, ni de vender…. Cambios de los que nos hablan Teresa y José María sin añoranzas y sí con el orgullo de haber sabido avanzar y sacar adelante lo que ya antes había sido el horno de Eugenia, la Tobosera.

Él, José María, ha trabajado en el horno más de 60 años, un oficio que le ha gustado siempre aunque implicara renunciar a las salidas de las vísperas y días de fiesta en sus años de adolescencia y juventud. Para ella, Teresa, es un oficio que “sin gustarme me gustaba, había que salir adelante con cinco hijos y un negocio”. Ella fue quien sacó del cajón las recetas de la abuela Eugenia para empezar a hacer toda la lista de dulces que antes solo se cocían bajo encargo y con los productos que directamente llevaban las mujeres hasta el horno.

El caso es que a uno y a otra ahora les cuesta no bajar al horno a echar una mano. Necesitan tiempo para asimilar que ya están por fin felizmente jubilados. A José María es fácil verle por el horno a última hora de la mañana y Teresa no se resiste a dar una vuelta a primera hora aunque como dice “al final me subo a casa, me da mucho coraje pero me subo”.

Nunca mejor dicho “nuestros hijos llevan en la sangre la masa madre”.

 

-¿Qué tal están ustedes?

Teresa.- Si te refieres a esto del COVID bien si te refieres a la jubilación… Estoy recién jubilada y para empezar no estoy a gusto. Me sienta como un tiro, lo llevo na más que regular. Es un cambio radical, toda la vida trabajando,  a todas las horas, cinco hijos…

“Lo de la jubilación lo llevo na más que regular”

-Eso merece un buen descanso.

T.-Bueno es un descanso relativo porque el gusanillo ese… lo voy dejando poco a poco.  Por la mañana pronto bajo un ratillo y a las 9.30 o 10 me subo cuando llega María Eugenia. Me subo con mucho coraje pero me subo. Hay que dejar paso a los hijos y gracias a Dios hemos dejado el testigo bien dejado y yo encantada de la vida como es natural.

-José María ¿y usted? Veo que tampoco para porque le he pillado picando el pan para migas.

Yo estoy en jubilación activa porque teníamos el negocio de la panadería y además el campo. Al cumplir los 70  pensamos que ya era el momento de dejar la empresa y pasarla a los chicos. Por dos razones, la primera que ya tocaba y la segunda que gracias a Dios estamos bien físicamente y podemos disfrutar. Y todo ello con la alegría de que a tres de nuestros cinco hijos les gusta mucho y sabemos que le darán continuidad. Eso es una gran satisfacción y más en estos tiempos.

-Sorprende esa continuidad porque hoy en día casi nadie sigue el oficio de los padres.

J.Mª.- El 80% de los negocios no se siguen por no gustar, por no ser rentable, por tener otras alternativas…

T.- Pues en este caso les ha gustado.  Son unos leones.

-¿Orgullosos?

T.- ¡Bua! Muchísimo. ¿No me estás viendo? Es que si no es por ellos el horno estaba cerrado.

J.Mª- Mucho, les gusta y tienen interés por seguir y con nuevas perspectivas y era el momento.

-Hablamos de continuidad y desde hace tiempo nuevas apuestas e ideas ajustadas a los nuevos tiempo.

J.Mª- Pues gracias a ellos. La apuesta era salir del pueblo, llevar más allá nuestros productos.

T.- Y lo han logrado. Llevan tiempo con todo eso de internet y de llegar a otros comercios, grandes superficies... Todo eso lo han hecho y lo están haciendo ellos.

-¿Qué es lo que han visto sus hijos para que tres sigan en el oficio y con tantas ganas y entusiasmo?

J.Mª.- Pues habría que preguntarles a ellos pero yo creo que hemos sabido transmitir unos pilares como son que nos han visto trabajar con gusto, con entusiasmo y felices. Llevan la masa madre en las venas.

“Nuestros hijos llevan la masa madre en la sangre”

-¿Y ustedes satisfechos de tantos años de trabajo?

J.Mª- Más que satisfechos. Desde los nueve años no he hecho otra cosa más que trabajar en el horno. Y me ha gustado tanto y lo he llevado tan dentro que me ha dado tanto gusto que mis hijos quieran seguir siendo panaderos. Muy satisfecho de lo que he hecho en la vida, mucho. Por nuestro trabajo y nuestros hijos. No me arrepiento de nada y ahí están mis cinco hijos, todos casados, viviendo en Criptana, trabajando y vaya diez nietos.

“Me ha gustado tanto mi oficio de panadero y lo he llevado tan dentro que me ha dado tanto gusto que mis hijos quieran seguir siendo panaderos”

-Nos metemos en harina ¿Cuántas magdalenas habrán hecho esas manos Teresa?

T.- Y a lo primero a mano y luego se fue evolucionando de una y otra manera. Ahora con una máquina industrial que eso es una maravilla.

J.Mª- Pero con el sabor de siempre. La esencia del producto sigue siendo la de siempre: sabor, tradición… no ha cambiado.

T.- La abuela Eugenia nos enseñó y así seguimos con la misma fórmula.

- No ha tardado en salir en la conversación la abuela Eugenia y es que sus hijos ya son la cuarta generación con las manos en la masa.

J.Mª- Yo conocí a mis abuelos, Francisca y Bernabé, pero ya el negocio lo tenían mis padres y con ellos empecé a trabajar, Eugenia y José María. Y el horno llegaba por la línea de mi abuela materna y mis padres lo cogieron sobre el año 50. Con 8 o 7 años no me acuerdo de otra cosa más que ver a mis padres en el horno y criarme entre harina.

T.- Su madre ya decía que recién nacido lo traía en una espuerta al horno.

-¿Dónde estaba ese horno?

J.Mª.- En Pozo Dulce, 6. Pero entonces se hacía solo pan. Se hacían lo que llamábamos caseras, agricultores que tenían harina e iban allí donde se amasaba, se cocía y se llevaban el pan. Y eso dejaba a mis padres una ganancia y así se empezó a cocer. Ya antes habían empezado mis abuelos cociendo también caseras y te digo que entonces la gente llevaba no solo la harina también las gavillas.

-¿Y cuándo llega el pan para vender?

J.M.- Al principio eran caseras como te digo y luego ya mis padres empezaron a hacer pan para vender. Y eran panes, no barras. Éramos varios panaderos en el pueblo y todos hacíamos panes.

-¿Y cuándo llegan a la calle Dulcinea?

J.Mª.- Pues en el año 60 o 61 nos vinimos aquí y ya empezamos a cocer pan de reparto. Y los dulces solo se hacían para Navidad y Semana Santa. En Navidad tocaban los mantecados con la manteca de la matanza del gorrino de la casa y la torta de chicharra. En Semana Santa la torta y la magdalena sin más. Para estos dulces la gente traía los ingredientes y nosotros cocíamos. A raíz de ahí empezamos ya con la producción propia para ir vendiendo nosotros. Todo en pequeñas cantidades hasta que fue creciendo.

-Bueno Teresa y ¿usted cuando se incorpora a los Orejones?

T.- En el 75 nos casamos y tengo 5 hijos. Y entonces ayudaba poco pero cuando se jubilan los abuelos es cuando yo entro a trabajar. En el 90 y sin parar, de lleno.

-¿Alguna vez se había imaginado haciendo magdalenas y pan?

T.- Nunca.

-Pues se le ha dado bien.

T.- ¿Sabes por qué? porque cuando una cosa no te gusta o te gusta muy poquito y tienes cinco hijos y un negocio, hay que echarle un par de narices y saber que esto tiene que salir para delante como sea. Y así sin gustarme me gustaba.

“Cuando una cosa no te gusta y tienes cinco hijos y un negocio hay que echarle un par de narices y saber que esto tiene que salir para delante como sea. Y así sin gustarme me gustaba”

-Pero Teresa, usted no solo puso mano de obra y ganas también aportó ideas y nuevas recetas. Fue una innovadora.

J.Mª.- Sí que lo fue.

T.- A ver, los productos que tenemos son recetas todas de la abuela Eugenia, rosquillos de mistela, rosquillos de manteca… todo lo hacía ella. Yo apunté de la abuela y ahora mi hija lo tiene de mí. Esas son las recetas que seguimos usando desde el momento que ya empezamos nosotros a hacer directamente y a vender. Rosquillas, mantecados de caja manchegos, empanadilla de cabello de ángel, pastas de almendra…

-Luego, usted decidió sacar del cajón las recetas

T.- El primero y el segundo día que me puse yo en el mostrador y a meterme en el fregao del horno vinieron dos o tres mujeres con sus ingredientes para que les hiciéramos los dulces y a la tercera dije -mujeres ninguna- y ya empezamos a hacerlo nosotros y a vender.

J.Mª.- Ya no venían prácticamente mujeres a cocer, las cosas eran diferentes.

-Han cambiado muchas cosas ¿y el sabor del pan?

J.Mª.- Eso menos. Te resumo tres cosas: 1.- Cuando se hacía el pan a fuerza de horas porque la maquinaria no era la que luego fue. 2.- Luego vino el boom de los hornos, el de aire, de carro… con el fin de producir más en menos tiempo. Lo que antes se hacía en 6 o 7 horas ahora se cocía en 4. A la vez la gente empezó a demandar pan a todas horas. El caso es que el pan salía más ligero y con un poco menos de sabor. 3- Ahora volvemos a la masa madre, a la tradición, a hacer levaduras con unos hornos que permiten aumentar la producción sin restar tiempo Ya pasamos a hornos estáticos para cocer el pan con el calor adecuado y tiempo. El resultado, un sabor más natural. Ahora se hace mejor pan que hace 30 años.

“Hemos vuelto a la masa madre, a la tradición. Ahora se hace mejor pan que hace 30 años”

-¿Qué es eso de la masa madre?

J.Mª.- Te digo, haces la masa hoy, dejas que fermente y la gastas mañana para las masas que hagas y todo necesita su tiempo. Además, hay varios tipos de masas madre, nosotros tenemos ahora mismo en las cámaras cuatro sacos de masa: una para pan blanco, otra para moreno, otra para barras y otra para chapatas y gallegas. Pero ahí está la masa madre para mañana. Hay mucho engaño y mucha tontería. Parece que eso de la masa madre es algo nuevo cuando para cualquiera que tenga un mínimo de conocimiento en este mundo no es nada nuevo; es de toda la vida lo que pasa es que se perdió con las prisas y ahora volvemos a recuperar la masa madre.

“Con lo de la masa madre hay mucho engaño y mucha tontería. Parece que es algo nuevo cuando de nuevo no tiene nada”

T.- Dicen que el pan de antes era mejor y yo digo que no.

J.Mª.- El pan de antes era uno y no había más. No tenías nada más que pan y comías pan y pan en cata, con choco, bocadillo… y como era el que había te estaba bueno todo. Antes había un solo pan ahora tienes uno y muchos más.

-¿Cuándo aparecen las barras?

J.Mª.- Había panaderos que hacían barras y lo de los panecillos era muy fino y como la demanda era la que era pues los de los panes aprendimos a hacer barras, barras pequeñas… ya cada uno a su manera.

-Espelta, cereales, integral, la gallega, baguette, semillas…

J.M.- Claro pero lo cierto es que la barra es la barra y el pan es el pan. Todos esos tipos se consumen de manera puntual y al final te vas al pan y a la barra de toda la vida y como mucho a la integral o la chapata y no te sales de ahí. Otra cosa es que entre, por alguna circunstancia, en nuestra dieta otra de las variedades.

-¿La clientela también pasa de generación en generación?

T.- Yo de la clientela solo puedo hablar bien.

J.Mª.- Yo he estado 50 años repartiendo por la calle y ha ido como la vida regenerándose. Antes era fiel porque no había tantas tiendas y no trabajaba la mujer como ahora. Luego ya la continuidad era más complicada porque los horarios cambian y estuvimos mucho tiempo dejando el pan por la ventana o a la puerta. Ahora muchos compran el pan donde les pilla, se va a lo práctico.

-¡Madre mía! Qué de cambios han visto y solo hablando de panadería.

J.Mª.- Todo ha cambiado, la forma de repartir, de tratar a la gente, de ir por la calle, el transporte... Yo empecé con bici en un canasto y luego con un carro y un borriquete, un carro y una mula y luego ya con la furgoneta 2cv.

-¿Y lo del nombre Orejón?

T.-Eso lo llevaba mi suegra mal porque no entendía que su negocio siempre había sido la Tobosa y luego la gente empezó con lo de el Orejón y le daba mucho coraje. Y es que era el mote del marido, de José María.

J.Mª.- Mi padre apartó el mote de mi madre que era por la parte que venía el horno. Mi padre, su familia el mote era Orejón pero la panadera era ella, desde los 12 años estaba trabajando.

“Lo del Orejón mi suegra lo llevaba muy mal. No entendía por qué su negocio que siempre había sido la Tobosera la gente empezara a llamarlo por el mote de la familia de su marido” 

-Pero aquí hay gente que todavía sigue hablando del horno de la Eugenia.

Juan Miguel (hijo)- Los machismos de entonces. Aunque el negocio era por la parte de ella la gente lo nombraba con el apodo de la familia de él.  

 

 


Imprimir   Correo electrónico